7/02/2006

Desde el limbo de los inocentes

A veces me tengo un miedo supremo, una angustia que se debate dentro de mí entre la duda y la certeza de mi sino fatal e indiscutible. No hay forma de negociarlo: soy una desgracia, lo fui desde que me concibieron entre jaleas chimbas y fallas del DIU. Lo fui cuando me salí del camino trazado desde las escapadas de clases a los 7 años y lo seguí siendo cuando opté por vivir en lugar de agonizar en los convencionalismos. Y, sin embargo, le tengo más miedo a dejarme someter que a seguir luchando y recibiendo latigazos. Y me someto, me someto al encanto de enamorarse. ¿Dónde queda la armadura que protege el alma más que el cuerpo? ¿Dónde la desfachatez?

Phosphorus se derrite y tiene miedo. Pero, sin embargo, al bajar la guardia siente que redescubre en temblores. Pero no le gusta verse temblorosa. Ella quiere ser fuerte y resistir las embestidas como cuando el sexo se torna un acto de violencia. Ella quiere supervivir en el fuego de las pasiones y no desaparecer en la entrega al amor. Por eso, se esfuerza en explorar los oscuros rincones que le quedan a su fantasía, a su cuerpo y a sus deseos y ponerlos en ejecución.