Hace un año estaba asi... hoy, casi igual
A veces, solo a veces, quiero coger y matarme. Pero cuando lo tomo en serio, pienso en lo que pasaría y sé que la odiarían a ella, a mi hija, y a mí por haberles dejado esa maldita carga. Entonces, solo algunas veces de esas veces, quisiera poder matarla. No puedo, claro, siempre he sido muy cobarde. Talvez ella, que es valiente desde ahora y finge una sonrisa cuando mi madre grita histérica, mi hermana pelea y yo tiemblo de culpa, miedo y rabia, tal vez ella, que sí es valiente, un día me mate y se marche sin culpa, miedo ni rabia.
Me creí el cuento aquel de que era muy valiente porque había decidido tenerla. Y me sentía valiente entonces, lo suficientemente fuerte para levantar la cabeza tras las humillaciones, dejar al hombre que yo no podía odiar pero que ya había dejado de querer, seguir adelante y pensar que lo haría bien. Me gustaba fingir que no me importaba, que nada malo había sucedido. La miseria, el dolor, la ofensa no debían filtrarse en mi mirada. Juraba que no se notaban. Pero el dolor que tenía lo iba regado por donde quiera. La única que no se dejó ganar fue mi hija, que se aferró a su conveniencia y nació. Quería vivir. Se equivocó. El instinto falló. De no haber nacido, ¡se habría ahorrado tantos problemas!
Yo fui cobarde entonces. No pude asumir la decisión de matarla. Era entonces cuando debía: 10 semanas. Dicen que no es muy complicado. Debía haber sido lo suficientemente valiente como para decirme a mí misma que no podría, que mi vida ya era una caos antes de ella y que no iba a cambiar, que mi madre era una histérica que nos cubriría como sombra y espanto… Pero, saben, mi mamá es en realidad el único soporte que he tenido en mi vida… bueno, antes de mi hija… aunque no sé si creerme eso. Mi mamá no ha sido buena. La vida tampoco ha sido buena con ella… ¡Hay tantos secretos!
Me creí el cuento aquel de que era muy valiente porque había decidido tenerla. Y me sentía valiente entonces, lo suficientemente fuerte para levantar la cabeza tras las humillaciones, dejar al hombre que yo no podía odiar pero que ya había dejado de querer, seguir adelante y pensar que lo haría bien. Me gustaba fingir que no me importaba, que nada malo había sucedido. La miseria, el dolor, la ofensa no debían filtrarse en mi mirada. Juraba que no se notaban. Pero el dolor que tenía lo iba regado por donde quiera. La única que no se dejó ganar fue mi hija, que se aferró a su conveniencia y nació. Quería vivir. Se equivocó. El instinto falló. De no haber nacido, ¡se habría ahorrado tantos problemas!
Yo fui cobarde entonces. No pude asumir la decisión de matarla. Era entonces cuando debía: 10 semanas. Dicen que no es muy complicado. Debía haber sido lo suficientemente valiente como para decirme a mí misma que no podría, que mi vida ya era una caos antes de ella y que no iba a cambiar, que mi madre era una histérica que nos cubriría como sombra y espanto… Pero, saben, mi mamá es en realidad el único soporte que he tenido en mi vida… bueno, antes de mi hija… aunque no sé si creerme eso. Mi mamá no ha sido buena. La vida tampoco ha sido buena con ella… ¡Hay tantos secretos!

