5/10/2006

Hace un año estaba asi... hoy, casi igual

A veces, solo a veces, quiero coger y matarme. Pero cuando lo tomo en serio, pienso en lo que pasaría y sé que la odiarían a ella, a mi hija, y a mí por haberles dejado esa maldita carga. Entonces, solo algunas veces de esas veces, quisiera poder matarla. No puedo, claro, siempre he sido muy cobarde. Talvez ella, que es valiente desde ahora y finge una sonrisa cuando mi madre grita histérica, mi hermana pelea y yo tiemblo de culpa, miedo y rabia, tal vez ella, que sí es valiente, un día me mate y se marche sin culpa, miedo ni rabia.


Me creí el cuento aquel de que era muy valiente porque había decidido tenerla. Y me sentía valiente entonces, lo suficientemente fuerte para levantar la cabeza tras las humillaciones, dejar al hombre que yo no podía odiar pero que ya había dejado de querer, seguir adelante y pensar que lo haría bien. Me gustaba fingir que no me importaba, que nada malo había sucedido. La miseria, el dolor, la ofensa no debían filtrarse en mi mirada. Juraba que no se notaban. Pero el dolor que tenía lo iba regado por donde quiera. La única que no se dejó ganar fue mi hija, que se aferró a su conveniencia y nació. Quería vivir. Se equivocó. El instinto falló. De no haber nacido, ¡se habría ahorrado tantos problemas!


Yo fui cobarde entonces. No pude asumir la decisión de matarla. Era entonces cuando debía: 10 semanas. Dicen que no es muy complicado. Debía haber sido lo suficientemente valiente como para decirme a mí misma que no podría, que mi vida ya era una caos antes de ella y que no iba a cambiar, que mi madre era una histérica que nos cubriría como sombra y espanto… Pero, saben, mi mamá es en realidad el único soporte que he tenido en mi vida… bueno, antes de mi hija… aunque no sé si creerme eso. Mi mamá no ha sido buena. La vida tampoco ha sido buena con ella… ¡Hay tantos secretos!

5/02/2006

...

Y ella colgó una cara seria, impenetrable. Y luego soltó con rabia una historia sin sentido sobre la ansiedad de huir de casa, de escapar. De un hombre bueno con el que ella se portó muy mal y al quien hizo mucho daño. De unos meses de matrimonio, de asco, de dolor, de culpa. De verse marcada por su divorcio como la que no servía para nada más. De que mi padre la había recogido de la mierda. Por qué. Yo no entendía eso ni entendía por qué ella se repetía ese desprecio como una forma de ver la vida. De alguna manera, era el desprecio mi único destino después de haberme arruinado la vida, no con un hijo, sino con un divorcio. A veces pienso que mamá, en el fondo, habría preferido que me quedara soporando humillaciones y golpes a verme divorciada.

No sé, ella siempre quiso que dejara a mi ex marido, pero claro, después de haber sido marcada con un matrimonio fallido y un hijo al que se tiene que criar sola, la única alternativa es el encierro, el silicio, el sambenito eterno. Yo no quiero eso para mí ni quiero que mi hija crezca sintiendo que su madre es culpable, una infeliz.

Yo quiero vivir normalmente, con mis errores a cuestas y mi futuro abierto. Porque no he hecho nada malo, nada que merezca el opropbio eterno. Pero para mi madre, sí… ella me odia porque no supe aguantar un matrimonio con resignación. Porque puedo trabajar, vivir, sostenerme sola. Porque puedo crecer, porque no necesito un perro guardián para decirme lo que está bien. Porque no temo admitir que me he equivocado ni equivocarme de nuevo. Porque avanzo en la vida con la certeza de que puedo ser feliz.

Mi mamá odia verme feliz. No creo que sea consciente, debe ser algo inconsciente, pero lo odia. Cuando me ve feliz se pone insoportable, me atormenta, me hiere con cualquier pretexto, me reclama de todo y siempre me tacha de cruel, de malvada, de engendro del demonio, de mala semilla. Phosphorus es todo eso, un mal íncubo demoníaco que ella se siente culpable de haber engendrado. Tercera humillación, tercer hijo.

A veces hasta he llegado a dudar de que mi madre quisiera a mi padre. Él era un buen hombre, un hombre bueno sin perfecciones. Con mucho defectos, pero un hombre bueno, como pueden ser buenos los seres humanos. Mi madre siempre fue perfectamente buena, y yo creo que es eso lo que no me perdona, que haya descubierto lo que ella escondía, que lo haya aceptado sin considerarlo horripilante, que no tenga miedo a admitirlo. Que no la juzgue. Ella no puede creer que yo no la juzgue. Quizá porque no puede evitar juzgarme a pesar del amor. Pero yo no soy ella y no la veo como culpable, como mala puta callejera porque se casó un día sin sentir amor, porque se divorció otro día sin soportarlo, porque se enamoró y amó sin bendición de cura, porque engendró en ese amor un hijo traído por la fuerza de la naturaleza y no por el esfuerzo conyugal de reproducción. Yo no la veo mala. Pero ella se ve bicho asqueroso, solo merecedor de los pisotones. Y me quiere pisotear porque soy como ella.

Quizá, en realidad, me le parezco demasiado.