...
Y ella colgó una cara seria, impenetrable. Y luego soltó con rabia una historia sin sentido sobre la ansiedad de huir de casa, de escapar. De un hombre bueno con el que ella se portó muy mal y al quien hizo mucho daño. De unos meses de matrimonio, de asco, de dolor, de culpa. De verse marcada por su divorcio como la que no servía para nada más. De que mi padre la había recogido de la mierda. Por qué. Yo no entendía eso ni entendía por qué ella se repetía ese desprecio como una forma de ver la vida. De alguna manera, era el desprecio mi único destino después de haberme arruinado la vida, no con un hijo, sino con un divorcio. A veces pienso que mamá, en el fondo, habría preferido que me quedara soporando humillaciones y golpes a verme divorciada.
No sé, ella siempre quiso que dejara a mi ex marido, pero claro, después de haber sido marcada con un matrimonio fallido y un hijo al que se tiene que criar sola, la única alternativa es el encierro, el silicio, el sambenito eterno. Yo no quiero eso para mí ni quiero que mi hija crezca sintiendo que su madre es culpable, una infeliz.
Yo quiero vivir normalmente, con mis errores a cuestas y mi futuro abierto. Porque no he hecho nada malo, nada que merezca el opropbio eterno. Pero para mi madre, sí… ella me odia porque no supe aguantar un matrimonio con resignación. Porque puedo trabajar, vivir, sostenerme sola. Porque puedo crecer, porque no necesito un perro guardián para decirme lo que está bien. Porque no temo admitir que me he equivocado ni equivocarme de nuevo. Porque avanzo en la vida con la certeza de que puedo ser feliz.
Mi mamá odia verme feliz. No creo que sea consciente, debe ser algo inconsciente, pero lo odia. Cuando me ve feliz se pone insoportable, me atormenta, me hiere con cualquier pretexto, me reclama de todo y siempre me tacha de cruel, de malvada, de engendro del demonio, de mala semilla. Phosphorus es todo eso, un mal íncubo demoníaco que ella se siente culpable de haber engendrado. Tercera humillación, tercer hijo.
A veces hasta he llegado a dudar de que mi madre quisiera a mi padre. Él era un buen hombre, un hombre bueno sin perfecciones. Con mucho defectos, pero un hombre bueno, como pueden ser buenos los seres humanos. Mi madre siempre fue perfectamente buena, y yo creo que es eso lo que no me perdona, que haya descubierto lo que ella escondía, que lo haya aceptado sin considerarlo horripilante, que no tenga miedo a admitirlo. Que no la juzgue. Ella no puede creer que yo no la juzgue. Quizá porque no puede evitar juzgarme a pesar del amor. Pero yo no soy ella y no la veo como culpable, como mala puta callejera porque se casó un día sin sentir amor, porque se divorció otro día sin soportarlo, porque se enamoró y amó sin bendición de cura, porque engendró en ese amor un hijo traído por la fuerza de la naturaleza y no por el esfuerzo conyugal de reproducción. Yo no la veo mala. Pero ella se ve bicho asqueroso, solo merecedor de los pisotones. Y me quiere pisotear porque soy como ella.
Quizá, en realidad, me le parezco demasiado.
No sé, ella siempre quiso que dejara a mi ex marido, pero claro, después de haber sido marcada con un matrimonio fallido y un hijo al que se tiene que criar sola, la única alternativa es el encierro, el silicio, el sambenito eterno. Yo no quiero eso para mí ni quiero que mi hija crezca sintiendo que su madre es culpable, una infeliz.
Yo quiero vivir normalmente, con mis errores a cuestas y mi futuro abierto. Porque no he hecho nada malo, nada que merezca el opropbio eterno. Pero para mi madre, sí… ella me odia porque no supe aguantar un matrimonio con resignación. Porque puedo trabajar, vivir, sostenerme sola. Porque puedo crecer, porque no necesito un perro guardián para decirme lo que está bien. Porque no temo admitir que me he equivocado ni equivocarme de nuevo. Porque avanzo en la vida con la certeza de que puedo ser feliz.
Mi mamá odia verme feliz. No creo que sea consciente, debe ser algo inconsciente, pero lo odia. Cuando me ve feliz se pone insoportable, me atormenta, me hiere con cualquier pretexto, me reclama de todo y siempre me tacha de cruel, de malvada, de engendro del demonio, de mala semilla. Phosphorus es todo eso, un mal íncubo demoníaco que ella se siente culpable de haber engendrado. Tercera humillación, tercer hijo.
A veces hasta he llegado a dudar de que mi madre quisiera a mi padre. Él era un buen hombre, un hombre bueno sin perfecciones. Con mucho defectos, pero un hombre bueno, como pueden ser buenos los seres humanos. Mi madre siempre fue perfectamente buena, y yo creo que es eso lo que no me perdona, que haya descubierto lo que ella escondía, que lo haya aceptado sin considerarlo horripilante, que no tenga miedo a admitirlo. Que no la juzgue. Ella no puede creer que yo no la juzgue. Quizá porque no puede evitar juzgarme a pesar del amor. Pero yo no soy ella y no la veo como culpable, como mala puta callejera porque se casó un día sin sentir amor, porque se divorció otro día sin soportarlo, porque se enamoró y amó sin bendición de cura, porque engendró en ese amor un hijo traído por la fuerza de la naturaleza y no por el esfuerzo conyugal de reproducción. Yo no la veo mala. Pero ella se ve bicho asqueroso, solo merecedor de los pisotones. Y me quiere pisotear porque soy como ella.
Quizá, en realidad, me le parezco demasiado.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home