El psiquiatra piensa que el psicoanálisis habrá rendido sus frutos cuando deje de autocastigarme. Yo, en cambio, siento que me quitaría el único residuo de gloria para empujarme sin remedio hacia el suicidio.
Por ejemplo, para mí, el fuego es un placer concupiscente. Conforta, permite que me evada, que me sumerja en una sensación hiriente que hace olvidar cualquier otro dolor.
Más que el fuego, deberé decir la parafina. Me gusta encender una vela cuando no soporto más la rabia y el dolor. La enciendo, la miro y la inclino sobre mi piel desnuda hasta causarme heridas físicas. Cada gota de cera que marca mi piel con un lamparón enrojecido al mismo tiempo va guardando esa misma piel de un nuevo dolor. Pasada la mitad de la vela, las marcas en la piel son aún más rojas, pero ya no arden. La llama puede acercarse, lamerme y no causará daño. Protege mi piel la blanca capa fina de cera que se vuelve líquida otra vez y chorrea como si entonces fuera la lágrima ausente de mis ojos.
Cuando la vela se acaba, y la cera se enfría, hay una cálida sensación de resaca en mi piel. El dolor ha sido intenso, pero, al retirar la parafina, la superficie se siente tersa y tibia.
Pero si el dolor sigue por dentro, hay que sacarlo sin disimulos. Entonces no queda más remedio que buscar los delicados instrumentos guardados en su “estuche de disección”, como me gusta llamarlo. Una breve lanceta de las que usan para fichar a la gente en la Cruz Roja según su tipo de sangre. Un paño de agujas de diferentes dimensiones y formas (de esos que te venden en los autobuses con la tijera y la cinta métrica), con las puntas quemadas. Un cortapapeles varias veces aguzado. Un par de tachuelitas de pizarrón con sus cabezas gordas y brillantes. Una gillete partida por la mitad. Un pequeño cuchillo de cocina, de pelar frutas, con la punta amenazante y una hoja que brilla. Y el retazo de un vaso quebrado contra el piso. Todo, delicadamente desinfectado antes de haber sido guardado y envuelto entre algodones.
Según la angustia y el volumen de lágrimas, el instrumento que se escoja. Luego, el ardor, la sangre chorreando tibia. Siempre en un lugar irrigado, que chorree con una lesión cutánea. Nunca en riesgo de muerte. Casi siempre junto a las antiguas cicatrices.
Por ejemplo, para mí, el fuego es un placer concupiscente. Conforta, permite que me evada, que me sumerja en una sensación hiriente que hace olvidar cualquier otro dolor.
Más que el fuego, deberé decir la parafina. Me gusta encender una vela cuando no soporto más la rabia y el dolor. La enciendo, la miro y la inclino sobre mi piel desnuda hasta causarme heridas físicas. Cada gota de cera que marca mi piel con un lamparón enrojecido al mismo tiempo va guardando esa misma piel de un nuevo dolor. Pasada la mitad de la vela, las marcas en la piel son aún más rojas, pero ya no arden. La llama puede acercarse, lamerme y no causará daño. Protege mi piel la blanca capa fina de cera que se vuelve líquida otra vez y chorrea como si entonces fuera la lágrima ausente de mis ojos.
Cuando la vela se acaba, y la cera se enfría, hay una cálida sensación de resaca en mi piel. El dolor ha sido intenso, pero, al retirar la parafina, la superficie se siente tersa y tibia.
Pero si el dolor sigue por dentro, hay que sacarlo sin disimulos. Entonces no queda más remedio que buscar los delicados instrumentos guardados en su “estuche de disección”, como me gusta llamarlo. Una breve lanceta de las que usan para fichar a la gente en la Cruz Roja según su tipo de sangre. Un paño de agujas de diferentes dimensiones y formas (de esos que te venden en los autobuses con la tijera y la cinta métrica), con las puntas quemadas. Un cortapapeles varias veces aguzado. Un par de tachuelitas de pizarrón con sus cabezas gordas y brillantes. Una gillete partida por la mitad. Un pequeño cuchillo de cocina, de pelar frutas, con la punta amenazante y una hoja que brilla. Y el retazo de un vaso quebrado contra el piso. Todo, delicadamente desinfectado antes de haber sido guardado y envuelto entre algodones.
Según la angustia y el volumen de lágrimas, el instrumento que se escoja. Luego, el ardor, la sangre chorreando tibia. Siempre en un lugar irrigado, que chorree con una lesión cutánea. Nunca en riesgo de muerte. Casi siempre junto a las antiguas cicatrices.


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