4/17/2006

pequeña phos

Ahora Phosphorus trata de explorarse en sentido inverso, no en la ansiedad, ni en el vacío… sino en la paz de sentirse plena a puñetazos. Trata de encontrarse como pedazos de mujer estrellados en su propia historia incomprensible. En su infancia trizada detrás del cristal que la protegió sin éxito de la soledad, del rechazo, de las frustraciones. Pequeña niña perversa masturbándose frente al espejo sin comprender su cuerpo y sus fluidos.

Solo recuerdos salpicados de juegos sexuales solitarios… siempre sola, inmunda, en los rincones oscuros, culpable, asquerosamente culpable. Y cánticos de misa. Y monjas golpeando cabezas con el Catecismo –tal vez esperaban que penetrase por ósmosis-.

El Credo repetido sin pausa… “Creo en Dios todo poderoso, creador del cielo y de la tierra; creo en Jesucristo, su único Hijo, que nació de María siempre virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos y, al tercer día, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre, y desde ahí vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de la carne, en la vida eterna” y quién sabe cuántas otras cosas que ahora olvido, que no recuerdo, que no siento, como no suelo sentir la vida entera en esta miseria.

Miserable, Phos, arrastrada, malaentraña, hace sufrir, hace sufrir a su madre desde antes de nacer. No la han buscado, no la han querido… subproducto de jaleas mal usadas…. Su padre no tiene empleo, su madre está enferma, llora y descose sacos viejos para hacerle el ajuar de bienvenida, mientras sus hermanos mayores corren ausentes de la desdicha.

Desdicha estúpida que no tiene razón, que se esfuma en los meses posteriores cuando la luz se filtra… pero que ya marcó a la pequeña como aquella a la que hay que compensar por el desprecio. Tras su nacimiento, es colocada en una urna de cristal que la tiene sonriente a tiempo completo.

Es feliz la pequeña Phos, feliz e ignorante. Pequeña geniecillo audaz. Corre por los pasillos sin escuchar a nadie y se revienta las rodillas al caer. Rápidamente tendrá una patrulla de rescate a sus pies, llamada por los alaridos no-sentidos que la sangre provoca en ella. Entonces, sonríe la pequeña y ya no se preocupa del chorrito rojo que resbala, del paño húmedo de alcohol, del rostro espantado de su madre. Luego seguirá corriendo y volverá a caer, para volver a gritar, para volver a sentir, por el placer del dolor, porque alguien vendrá a rescatarla.

Y crece la pequeña Phos en su urna de cristal que se va quedando estrecha. Y recibe de su madre regalos y peleas a la par. Recibe la defensa apasionada ante el peligro, tiene a la leona que salta a protegerla de fantasmas que no existen. Siente el cristal aplastando su rostro, siente la capa de su madre tapando la urna… y siente asco, ganas de salir corriendo, de hacer algo sola, sin que la miren. Phosphorus aprende a masturbarse más allá de sus sensaciones puras, por el placer el cuerpo y el morbo del raciocinio. Su madre se niega a mirarla y se obstina en martillar sobre el pecado. Phos escupe. Phos se para en el borde de la urna y descubre.

El descubrimiento de Phosphorus resulta encantador. Le basta, a la pequeña que ha crecido,y ha ensanchado de caderas, insinuar un retacito de piel, ensayar un movimiento de su boca, un paso con ondulaciones de deseo, para tener a los perros raspando su vidrio, para tener y nunca tener. Para que la miren… ya llegará el tiempo en que la miren, la toquen, la laman, se apoderen de su debilidad y acaben por dejarla. Y ella mirará desde el piso para gritar que así lo ha querido. Arrastrada, miserable, oscura, siempre en el borde, sin permiso, con un sexo rugiente y una ignorancia absoluta. Siempre genial, frick, con pase libre a zonas prohibidas robado al reflejo que abandona con la nariz pegada al vidrio de su urna.